Fenomenal show de Nick Cave and the Bad Seeds

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El músico australiano brindó un show único en el Estado Malvinas Argentinas (Buenos Aires), este miércoles que será inolvidable para sus fans y los amantes del post-punk y el rock gótico.

CAPITAL FEDERAL. Es casi medianoche en Buenos Aires y Nick Cave canta así, en primera persona del plural, el estribillo de “Rings of Saturn”. De esa manera, junto a sus Bad Seeds, acaba de finalizar el mejor show que jamás haya sonado en el estadio Malvinas Argentinas, esa mole de cemento desangelada que alguien parece haber olvidado en un rincón inaccesible de la ciudad.

Tal vez sea porque eso es lo que es y lo que hace el cantante australiano: aportar una cuota extra (y extraña) de belleza allí donde todo se ve literal y metafóricamente gris.

Unos 140 minutos antes, el regreso a la Argentina de Nick Cave and the Bad Seeds después de 22 años no había empezado de la mejor manera.

En la mitad de “Magneto”, el segundo tema de la lista, el sonido se cortó por completo y aunque el cantante intentó continuar sólo con el retorno, se vio obligado a esperar a que todo volviera a la normalidad para reanudar el show.

Una vez superado el inconveniente, el piano de Warren Ellis volvió a tronar y la voz de Cave a susurrar eso de que “todas las estrellas quedaron esparcidas en el techo”. Del desperfecto técnico al desborde expresivo.

Para “Higgs Boson Blues”, Nick Cave ya había tomado el control del estadio por completo. De traje y camisa negra, se movió por el escenario como un hechicero de metrópolis capaz de exorcizar sus propios demonios y por propiedad transitiva los ajenos.

“¿Podés sentir cómo late mi corazón?”, preguntó mientras la banda ponía en música el vacío. “Boom, boom, boom”, se respondió en un grito descarnado mirando a los ojos de los que se amontonaban contra el vallado. Será que cuando la angustia pesa, el corazón no late: estalla.

“Do You Love Me?” y “From Her to Eternity” tuvieron a los Bad Seeds convirtiéndose, con más paciencia que urgencia, en un sexteto noise. En la primera, construyeron el caos por acumulación a partir de la pregunta del título, que en la vocalización desmadrada de Cave no sonó a ruego sino a increpación.

En la segunda, orquestaron el subibaja de intensidades para ensordecer en el clímax y reconstruirse después como banda de kermese para un tren fantasma. “A esta deben conocerla, es muy vieja”, anticipó el cantante antes de “Loverman”, esa suite tétrica que puso al cantante otra vez a manejar los volúmenes a su antojo mientras la línea de bajo de Martin Casey serpenteaba como la cola del Diablo, ese que te está esperando afuera de tu casa.

Después de “Red Right Hand” (o cómo es el reggae tocado desde ultratumba), Cave se sentó al piano de cola emplazado en medio del escenario para un segmento cancionero.

Enmarcada por la simpleza de “The Ship Song” y el final con cita a la “Sonata Claro de Luna” en “Shoot Me Down”, “Into My Arms” flotó en el aire del Malvinas como una tristeza que no puede vencer la gravedad.

Y entonces Cave cantó eso de que no cree en los ángeles pero sí en el amor, y hasta los celulares en alto hubiesen deseado tener lagrimales. Ya fuera del piano, “Girl in Amber” sirvió de transición hacia un nuevo bloque guitarrero que retomó con “Tupelo” y “Jubile Street”.

En la pantalla, las imágenes en escala de grises de un huracán servían como la mejor descripción posible de la vehemencia de los Bad Seeds.

Para el final, Cave, efervescente como el CEO de un aquelarre, jugó con las convenciones rockeras. Cantó entre el público y le ordenó hacer palmas en “The Weeping Song” -en la que atravesó parte de la platea para terminar sobre una pequeña tarima-, y luego invitó a una buena cantidad de gente al escenario para “Stagger Lee” y “Push the Sky Away”.

Y aunque esa práctica que Iggy Pop utiliza para potenciar el descontrol acá se mantuvo en sus cabales, el gesto le restó emotividad a una canción que con un coro celestial se ocupa de “empujar el cielo”.

Sobre los bises, Nick Cave & The Bad Seeds fueron al grano con versiones concisas de “City of Refuge”, “The Mercy Seat” y la ya mencionada “Rings of Saturn”. “Muchas gracias, Argentina”, se despidió sin necesidad ni energías para la demagogia.

La tragedia reciente de Nick Cave

En 2015, Arthur Cave, cayó por un acantilado y murió a los 15 años. Desde entonces, Nick Cave, su padre, editó Skeleton Tree y se embarcó en la gira internacional que lo trajo a Buenos Aires. Ambas facetas se construyen a sí mismas como dos caras de un mismo proceso de sanación que exceden el plano de lo íntimo.

“Encontré una manera de escribir canciones que no son sobre eso, pero el espíritu de mi hijo camina alrededor de ellas, y creo que siempre lo harán”, dijo en la conferencia de prensa antes del show. Transformar el dolor en arte. Quién pudiera, Nick. Quién pudiera.

Silencio.com

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