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La doble explosión de Chile: contagios y desobediencia social

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El Gobierno de Piñera se enfrenta a una expansión alarmante del virus y a graves protestas en las calles.

La doble explosión de Chile: contagios y desobediencia social

Hay dos maneras de darse cuenta de que la crisis del coronavirus se está saliendo de control en Chile. Una es mirar las cifras: es ya el sexto país con más contagiados diarios en el mundo. La otra, asomarse por la noche de este último miércoles a la autopista que une Santiago con Valparaíso. Y hay que restregarse los ojos, porque lo que se ve no tiene sentido: el atasco es de dimensiones brutales.

«Es un viaje de una hora y media, pero anoche demorabas seis horas», contaban los automovilistas a los medios locales una vez que llegaban a la ciudad sobre el Océano Pacífico, donde planeaban pasar un puente iniciado en el festivo de ayer jueves. ¿Puente? ¿Festivo? Sí, hay cosas que no se entienden en el Chile de hoy, un país de solo 19 millones de habitantes que ya esta sexto en la lista de contagios diarios a nivel mundial: fueron 4.038 el miércoles, solo Estados Unidos, Brasil, Rusia, India y Perú superan al país comprimido entre el Océano Pacífico y la Cordillera de los Andes.

Un país que se enfrenta a la pandemia en medio de una combinación de alto riesgo, la de un Gobierno desgastado que le habla una población que, en buena parte, no tiene ganas de escuchar. Lo demuestra el último balance del operativo de control en las principales ciudades del país, que dejó 1.401 detenidos en apenas un día.

El Gobierno de Sebastián Piñera había apostado a una cuarentena dinámica, semiabierta, en la que la economía no se frenara en seco. La escalada de casos a partir de mediados de mes hizo revisar esa estrategia para imponer cuarentenas fuertes en los principales centros urbanos, mientras el ministro de Salud, Jaime Mañalich, admitía algo impactante en boca de un alto cargo: el pueblo no se cree a sus gobernantes.

Las diferencias sociales son históricamente fuertes en Chile, aunque la clase media creció en forma robusta en los últimos 30 años. Pero esas diferencias se siguen notando: si días atrás el escándalo pasaba por las historias de millonarios que, a bordo de sus helicópteros, se iban a sus mansiones sobre el Pacífico, esta semana el foco estuvo puesto en los choques de ciudadanos de los barrios pobres con los Carabineros (policía militarizada). No pedían ir a la playa, pedían comer. Y está también el caso de la comunidad de inmigrantes haitianos, la mayor de Sudamérica: muchos de ellos se esconden y no se presentan en centros médicos si tienen síntomas. Temen que los deporten.

A diferencia de Uruguay, que está siendo observado en Sudamérica como un ejemplo de manejo de la crisis, la apelación a la responsabilidad ciudadana no está funcionando en Chile. Lo demostró, también, un grupo de 100 hinchas radicales, integrantes de la barra brava de Colo Colo, uno de los clubes más populares del país, que irrumpieron en un cementerio para asistir al funeral de un hincha del mismo equipo.

VIOLENCIA

A bordo de camiones, motos o a pie, portando enormes banderas, a los gritos, sin distancia de seguridad, sin mascarillas y encendiendo bengalas, los violentos hinchas tomaron el cementerio de Talcahuano. Henry Campos, alcalde de la ciudad y perteneciente a la coalición de derechas instalada en el Palacio de La Moneda, mostró su incredulidad ante los hechos: «Cruzaron cuatro comunas y no los paró nadie, absolutamente nadie. No intervino carabineros, no intervinieron las Fuerzas Armadas».

Las señales de crisis se multiplican. La embajada de Estados Unidos en Santiago emitió una alerta sanitaria a sus ciudadanos al superarse la marca de los 50.000 contagios y desde el norte del país llegó una señal de alerta. Antofagasta, el grupo productor de cobre en manos de la familia Luksic, una de las más ricas de Sudamérica, redujo 160 millones de dólares de dividendos a sus accionistas, argumentando que es «prudente conservar efectivo» dada la crisis que se vive.

Mientras las casas de empeños comienzan a ser el destino de miles y miles de chilenos a los que no les alcanza el dinero para vivir, Piñera pidió este jueves que la población tome el ejemplo de Arturo Prat, marino y militar que libró guerras contras España, Chile y Perú en la segunda mitad del siglo XIX.

«Debemos mostrar las mismas virtudes de entrega y amor a la patria que tuvo Arturo Prat, héroe del combate naval de Iquique», dijo durante una ceremonia virtual de homenaje al marino. Piñera llamó también, a aquellos que pueden, a «salir a trabajar conformando un verdadero ejército de invisibles manos al servicio de todos».

Es un llamamiento a un sector muy amplio: el 40% de las industrias siguen funcionando, y las calles están pobladas de gente. En esas calles acampan también 350 venezolanos frente a la embajada de Caracas: piden que los ayuden a regresar a su país.

A 3.700 kilómetros, en la Polinesia, un territorio chileno está viviendo la crisis de manera algo diferente. Es la Isla de Pascua, cuya población fue diezmada a inicios del siglo XIX por enfermedades importadas como la viruela, la lepra o la tuberculosis. Tras detectarse siete casos en una población de 7.700 personas, las autoridades locales decretaron una cuarentena voluntaria «basada en la convivencia y el respeto a las normas de la naturaleza» hasta el 31 de mayo. El desempleo creció al 12% en una comunidad que vive del turismo, hoy inexistente. En la isla solo hay un hospital, 16 camas y tres respiradores artificiales. No se pueden permitir lo que está pasando en el continente.

El Mundo
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