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Un paraíso de ballenas en plena Patagonia

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En 2018 la Península de Valdés, enclave en plena Patagonia argentina, vivió una nueva cifra récord de visita de ballenas.

Un paraíso de ballenas en plena Patagonia

En 2018 la Península de Valdés, enclave en plena Patagonia argentina, vivió una nueva cifra récord de visita de ballenas.Por Florencia Martin (DPA)

Atraen a familias curiosas, aventureros, amantes del mar, jubilados, terapeutas y biólogos marinos. La fascinación que generan las ballenas francas en los miles de turistas que se acercan año tras año en silencio a Península Valdés “no está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están”, diría Herman Melville en “Mobby Dick”.

En 2018 la península, enclave en plena Patagonia argentina, vivió una nueva cifra récord. Los sobrevuelos de foto identificación del Instituto de Conservación de Ballenas (ICB) detectaron 856 ejemplares de ballena franca austral que entre julio y noviembre buscaron la tranquilidad de las aguas de los Golfos para aparearse y parir a sus ballenatos.

“Si vimos 856 significa que hay muchas más, tal vez entre 1.200 y 1.300”, explica Mariano Sironi, director científico del instituto que lleva adelante estudios de foto identificación para observar la dinámica poblacional desde 1971. La cifra que se acerca a esta región cada temporada no es nada despreciable teniendo en cuenta que la población total de la especie en el Atlántico sudoccidental es de aproximadamente 5.000 individuos.

Puerto Pirámides

En las costas de Puerto Pirámides, un pueblo de apenas 600 habitantes en Península Valdés, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, un tractorcito empuja hacia las aguas del Golfo Nuevo pequeñas embarcaciones que cargan a pasajeros enfundados en chalecos salvavidas, expectantes de ver a esos gigantes marinos de hasta 14 metros y 50 toneladas.

En los años anteriores, la región había vivido el paso de una cifra mucho menor de ejemplares a raíz de la oscilación de El Niño, que hizo que muchas ballenas optaran por permanecer en zonas de mejor alimentación y no migraran a las áreas de cría.

Cuando se acercan a las aguas de Península Valdés buscan la serenidad de sus dos golfos cerrados, que “les brindan protección ante las tormentas, fondos arenosos y suaves y características acústicas que favorecen que detecten a posibles predadores como las orcas. Eso hace que la península sea un lugar ideal para proteger a sus crías”, explica Sironi.

Y es que en julio y agosto se ven mayormente las ballenas que fueron preñadas el año anterior, grupos de cortejo y cópula. En cambio, hacia noviembre se observan hembras con sus crías nacidas hace pocos meses.

Paseo de ballenas

El recorrido que hace cada ballena no es aleatorio. Un proyecto científico de varias instituciones ha marcado a más de 20 ejemplares para seguir su rastro por transmisión satelital y ha confirmado que las ballenas francas componen distintas poblaciones. Si bien es una especie que se distribuye en todo el hemisferio sur, los ejemplares que están en el sur patagónico no se dirigen con el tiempo hacia otras zonas de cría como Sudáfrica o Australia, que tienen sus propios grupos poblacionales.

Un lugar en el que coinciden los distintos grupos es en las islas Georgias del Sur, sitio de alimentación muy conocido para diversas especies marinas como ballenas, focas y pingüinos. Una vez pasado ese período, cada grupo se dirige nuevamente hacia “su” propia zona de cría.

En las aguas calmas de Península Valdés, entre lobos marinos, gaviotas, pingüinos y algún que otro delfín, las embarcaciones se acercan a las ballenas a una distancia tan escasa como inimaginable. Y ellas permanecen cerca, nadando serenas, en su gran mayoría junto a sus crías, que en noviembre suelen tener entre dos y tres meses pero ya varias toneladas de peso. Se asoman a la superficie a respirar, a alimentarse con sus barbas o a hacer juegos con las aletas. Otras flotan mientras amamantan a los ballenatos.

Clase de turista

En ese acercamiento el comportamiento del turista es crucial, sobre todo teniendo en cuenta que la cifra de visitantes puede llegar a las 100.000 personas por temporada.

El ICB ve los avistajes con buenos ojos, siempre que sean “de alta calidad”, como explica Sironi. “Los avistajes generan ingresos a las comunidades, pero además tienen una componente educativa, siempre que se atengan a las reglamentaciones para no afectar a los animales”, observa.

Desde su punto de vista, la ley vigente en la provincia argentina de Chubut es un ejemplo de buena práctica después de haberse gestado de un modo muy participativo, incluyendo no sólo el interés de empresarios turísticos, sino también el aporte de capitanes, científicos y ambientalistas, que trabajan tanto en la concientización de los guías que realizan la actividad como en el modo en el que abordan el avistaje los turistas, “que deben comprender que están entrando en el hábitat de otra especie”.

Esa es la experiencia fundamental que ofrece este pequeño paraíso patagónico: allí uno navega junto a los animales en libertad, observa su comportamiento natural sin intervención alguna y se embebe de la convivencia de las especies en medio del silencio de las olas.

Para fomentar sus proyectos educativos e investigaciones, el ICB promueve un Programa de Adopción de Ballenas: ofrece la posibilidad de hacer un aporte, y cada donante, al apoyar esos proyectos, recibe una biografía de la ballena “adoptada”. Estas ballenas tienen nombres curiosos como Mochita, Nube, Luminosa y Serena y algunas son conocidas por los investigadores desde hace 50 años.

En pocos lugares del mundo se pueden observar las ballenas francas de este modo, en su hábitat natural, conviviendo con elefantes y lobos marinos, con pingüinos de Magallanes y petreles gigantes. El visitante sólo tiene que estar dispuesto a entregarse a las distancias del sur argentino y a sus vientos.

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