Opinión

Elogio de la duda

Por Walter Anestiades

Elogio de la duda

“Alabada sea la duda”, comienza diciendo Bertolt Brecht en su poema. Bien sabía lo peligroso que es creer ciegamente en alguien o en algo. “Los irreflexivos nunca dudan. Su digestión es brillante, su juicio, infalible. No creen en los hechos; sólo se creen a sí mismos. Si preciso es, los hechos deben creerles a ellos”, reseña el escritor alemán como si le hubiera dado forma al texto anoche mientras se tomaba un café en cualquier bar de la Argentina.

La capacidad de dudar está en retroceso. Los apoyos críticos han sido reemplazados por la adhesión fanática que es hija de algún beneficio económico o de la construcción de un enemigo en común. En la política vernácula ser oficialista paga bien y odiar paga mejor.

Cuenta una leyenda que cierta vez El Ignorante se casó con La Soberbia. Y tuvieron un hijo. Que fue El Bruto.

Se llenó el espacio de gente que sabe muy poco y se jacta de su ignorancia. Así, sin pudor, se expresan por todos lados y las redes sociales parecen ser la cancha donde se sienten locales.

Puede que la decadencia en la calidad educativa explique en parte la avalancha de estos personajes. Pero hay brutos diplomados también. De modo tal que la formación intelectual no pone a salvo del fanatismo cuál antídoto infalible.

No, no es cosa de tener dinero o de haber estudiado. De hecho, el embrutecimiento de la clase media es un dato de la realidad que afectó ya lo suficiente como para ser soslayado.

Los brutos de cualquier clase no entienden que uno puede comprometerse con una idea, con un líder, con un espacio, con un artista, con un deportista, pero sin ver todo blanco o todo negro desdeñando los matices.

Se venera a líderes que si un día dicen “A”, sus seguidores dicen “A”. Y si al otro día el líder dice “B”, todos dicen “B”, como si ayer nunca hubiera sucedido.

Se sigue la corriente porque es lo más fácil y detenerse a reflexionar acerca de adónde lleva esa corriente es una tarea que apenas hacen cuatro tipos. De todos los abandonos posibles, el abandonar el intento de razonar es el peor.

¿Qué hacemos con el fanatismo?

Estas líneas no están escritas desde cualquier lugar. Estamos en Misiones, una tierra que tiene dueño y donde la ley es su voluntad. Tierra de hegemonías comunales e instituciones decorativas. Donde la obsecuencia y el silencio abren puertas  y la dignidad las cierra.

Algunos votantes, conscientes de que Cristina Kirchner ya no va a mejorar, se esfuerzan en postular que Alberto Fernández será un presidente con criterio independiente de quién lo nominó al cargo y tolerante con sus opositores. Si tiene razón Oscar Wilde en eso de que “nadie es tan rico como para comprar su pasado”, la tarea de creerles se torna compleja. Pero ojalá estén en lo cierto.

Dudo. Pienso. Luego, existo. Concepto de Descartes que además de conocerlo como quién recuerda los nombres de los cuatro integrantes de The Beatles, habría que aplicarlo en nuestras vidas. Tener de aliado al pensamiento crítico y alejarse de los fanáticos.

“La duda es uno de los nombres de la inteligencia”, postulaba Borges.

Mejor desconfiar de aquél que no duda.

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