Falleció el Dr. Vogt, cuya obra fue destruida por Rindfleisch y la Renovación

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Dr. Alejandro Vogt

Este martes, junto al mes de abril, se fue el doctor Alejandro Vogt. Tenía una avanzada diabetes, setenta y cuatro años de vida y creo que cien de soledad. En el verano de 2012, junto al colega Eduardo Jacquemín, lo entrevistamos en su casa de Oberá y contó con lujo de detalles como su obra, el legendario “serpentario” y la elaboración del suero antiofídico (orgullo de la ciudad con el que le salvó la vida a cientos de personas) se vino abajo por decisión del entonces todopoderoso alcalde renovador y kirchnerista Ewaldo Rindfleisch. Y por la desidia popular.

Durante años, cientos de chicos pasaron por el serpentario de Oberá. Era una atracción turística de la que hoy quedan vestigios a más de doscientos kilómetros, en Puerto Iguazú. ¿Y la elaboración del suero antiofídico?  Debe tener la Gendarmería Nacional. Debe tener el hospital Samic. Deben tener.

En cierta ocasión el doctor Vogt criticó a Rindfleisch por radio. Bastó que el déspota diera la orden para que el Centro Zootoxicológico perdiera el apoyo comunal y el provincial. Fue el adiós al serpentario en una ciudad en la que aún hoy siguen contando el cuento de que la pretenden turística. ¿Todo por una crítica al Poder? Así es en los feudos. Pregunta: ¿y quién reaccionó para que no se pierda semejante obra?  Respuesta: nadie.

Hace siete años Misiones Cuatro publicó su testimonio en primera persona. Cuando se han visto ciertas cosas, y se tiene memoria, hay gente a la que no se le cree nunca más. Eso nos pasa con la Renovación.

Historia de una desidia

Acerca de cómo la ciudad de Oberá perdió su Centro Zootoxicológico casi sin darse cuenta y sin que a casi nadie le importe.

-Entrevista de Walter Anestiades y Eduardo Jacquemín (lunes 20 de febrero de 2012)

«Si soy malo es porque sufro», le dice un genial Robert De Niro en la coraza de «Frankenstein» a su creador en aquel film de 1994. Alejandro Vogt parece malo al abordarlo. No lo es. Pero vaya si lo han hecho sufrir. Durante un cuarto de siglo este hombre nacido en Resistencia, Chaco, edificó un centro de investigaciones científicas que, a la par de ser también una ineludible parada turística, salvó la vida de cientos de personas mordidas por algunas de las seis especies de yararás que abundan en la zona. Ganado por el hartazgo moral, aparenta no querer contarle a nadie, menos a periodistas, la historia de su desdicha. Que es la desdicha de todos los habitantes de la zona centro. Pero en ésta época de mayoritaria inconsciencia colectiva, muchos habitantes no se dan cuenta. O no les importa. Pero Vogt, en realidad, tiene muchas ganas de hablar. Motorizado por la indignación que sólo sobreviene cuando uno primero fue digno, habla y narra con lujo de detalles. Nos recibe en su casa de la calle «La Paz» en la entrada de la ciudad de Oberá. Adyacente a lo que supo ser el Centro Zootoxicológico o el «reptilario» como lo masticaba el vulgo. Escribió allí con tiza «lugar cerrado, no insistir». Y en su morada, también con tiza, «toque el timbre, no golpee». Y el timbre no anda. Así que hubo que golpear. Salió como una tromba a decir «no». En dos minutos y medio, se reconvirtió de un ogro inaccesible al más cordial anfitrión. Fue su manera de decir «sí». Ya no paró de hablar. De contarnos quién era. Y lo que hizo. De cómo le dio vida a su sueño. Y de cómo, él mismo, debió enterrarlo.

«Les convido ésta bebida (agua tónica, de la que esperan las vacas) porque soy diabético desde que cumplí los cincuenta años y es de las que menos azúcar tiene«, nos dice éste hombre que va por los sesenta y siete. Intensos años. Estudió e hizo de todo. «Me recibí de maestro en una de las escuelas Normal Superior en Buenos Aires a los dieciséis años», cuenta como la más antigua de sus ocupaciones. «En Buenos Aires estudié y me recibí de médico y de Licenciado en Biología«, va sumando. Conoce muy bien lo mejor y lo peor de la sociedad obereña con nombre y apellido. Lo que se puede escribir. Y lo que no se escribirá nunca.

«Además de todo lo que estudié, entré a la Fuerza Aérea y más tarde a Gendarmería Nacional y allí me becaron para hacer los cursos de piloto de avión militar y comercial de primera clase a fines de los años sesenta«. «Mi apellido se pronuncia Fotg, con ‘f’, es alemán«, dice ya relajado, fumando y en confianza. Estuvo en Malvinas en 1982, sacándole partido a su capacidad de aviador, zafando él pero perdiendo algunos amigos. Y en 1985 la Gendarmería lo envía al importante escuadrón de Oberá.

Al llegar a la ciudad comenzó a transitar paralelamente a su condición de gendarme, la de biólogo: «En Buenos Aires había trabajado en la morgue judicial y además en el Instituto Malbrán, en dónde hacía antídotos. El director del Malbrán, un médico hematólogo, me dió todos los elementos para que continuara haciendo mi trabajo de biólogo en Misiones. Yo tenía cuarenta años y tenía ímpetu, entusiasmo, era joven. Acá en Oberá me separé de mi esposa, un poco porque por mi trabajo descuidé a mi familia. Después volví a formar pareja con una posadeña, pero siete años después murió asesinada. Tuve tres parejas: dos separaciones y una viudez. Hoy en día estoy casado con la medicina«, sostiene.

«Yo entré como comandante de Gendarmería pero la gente, que sabía que yo era biólogo, me empezaban a traer víboras y demás bichos para que yo trabaje. Misiones es la única provincia en dónde hay seis de las siete especies de yarará existentes, un lugar ideal para desarrollar mi trabajo de biólogo y crear antídotos. Dejé la Gendarmería y me dediqué a mi labor de médico. Así empecé el centro zootoxicológico con la ayuda económica del Gobernador Julio Humada y en especial de su Ministro de Salud Pública, Arnaldo Manuel Pastor Baldovino, que me escuchó y enseguida decidió apoyar el proyecto«. En cuanto al municipio obereño, cuenta que «cuando se hizo cargo Sábato Romano en 1989 quiso que fuera su Secretario General y quiso que hiciéramos un zoológico con el trabajando codo a codo conmigo. Yo le hice el diseño de lo que luego sería «El jardín de los pájaros» y que entonces estaba en la casa de una señora que luego se enfermó, así que yo sugerí que el municipio se haga cargo para que crezca hasta lo que es hoy. Me retiran la ayuda económica, incluso me sacaron un sueldo que cobraba por el Ministerio de Salud y ya con Miguel Oliveras como intendente me dejaron de ayudar y yo mismo empecé a bancar el centro con mi dinero, como yo trabajaba de médico particular y me iba bien, lo hice como un acto de beneficencia«.

«Rolo Dalmau (intendente obereño entre 2000 y 2003) me dio una ayuda económica y me puso personal a trabajar conmigo, pero cuándo le hicieron la vida imposible, le quemaban cubiertas enfrente del propio edificio municipal, se enojó y quería que uno lo fuera a defender. Yo le expliqué que no tenía la culpa de la campaña que le hacían en contra, que yo no era político, pero en una actitud infantil me cortó la ayuda«, afirma Vogt. «Luego asume Rindfleisch, que quería sacarse de encima al Jardín de los Pájaros. Me ofreció tantos cargos que terminó no dándome ninguno porque salió con eso de que iba a poner profesionales en las distintas áreas y vieron a quiénes puso. El que ahora está en Bromatología (por Francisco Penz) era un buen muchacho pero no sabía un cuerno y me venía a preguntar a mí que le daba de comer a las aves rapaces«, narra con cierto humor. «Después ya me peleo con Rindfleisch porque me deja cesante al único empleado que yo tenía y me ayudaba. Cada vez que quería hablar con él me mandaba a su Secretario Raúl Zabala y nos empezamos a pelear por la radio. Recuerdo que por entonces hubo una iniciativa, nunca supe de quién, para juntar firmas apoyándome y juntaron muchas. Las presentaron a la Municipalidad y al Concejo Deliberante. Durante años gracias al suero que preparaba aquí en el centro, y lo tengo registrado, entre la atención acá y en el hospital Samic, siempre gratuita, le salvamos la vida para que no mueran de ofidismo a 876 personas.» Aquí, en ésta parte del relato de Vogt, hay que detenerse. Ya no hay lugar para el humor. Sólo para la indignación.

«A nivel nacional tampoco nadie movió un dedo. La nación no se mete en la autonomía de las provincias cuando se trata de ayudar«, dice. En algún momento Vogt intentó ponerle paños fríos a su disputa radial con Rindfleisch con la esperanza de llegar a un diálogo que nunca se concretó. El intendente expresó públicamente que «En el orden de prioridades tengo que evaluar dónde hay urgencias mayores» (diario «El Territorio», edición del miércoles 19 de octubre de 2005).

«Esto se va de Oberá sin que el pueblo lo sepa«, dice Vogt por el reptilario en el comienzo del triste epílogo del relato de su desdicha. De nuestra desdicha. Ya lo decidió. «Es irreversible. En cuanto al laboratorio biológico le pasé la posta legalmente a dos profesionales veterinarios que son como mis hijos y que viven en el pueblo misionero de Gobernador Roca, mejor dicho en una parte que se conoce como «Roca chica» en la ruta provincial 6. Marcos Lipowski (obereño) y Tatiana Tuzinkiewicz (de Roca). Además el intendente actual de ahí (Orlando Revinski) prometió su ayuda«. Cuesta creer que en un municipio clasificado como segunda categoría y que no llega a diez mil habitantes, puedan hacerse cargo de algo de lo que no se puede hacer cargo Oberá, la segunda ciudad de la provincia. El resto de los animales y lo que era el reptilario, la parte más turística del Centro, se la doné a una empresa de Puerto Iguazú.

Él, el doctor Vogt, se quedará en Oberá.

«Trabajo y seguiré trabajando como médico gastroenterólogo, una de mis especialidades. El intestino me parece el órgano más perfecto del cuerpo humano. Además me dedicaré a mi hobby de hace cincuenta años que es el ferromodelismo y el ser maquetista. Estoy haciendo un salón donde tenía el laboratorio, un lugar para hacer un mundo en miniatura, que quizás exponga al público.» Sin apoyo municipal, claro.

En el final de la charla cuenta algo que nos exime de adjetivos: «en el 2010, y esto me lo contó un actual concejal, habían propuesto mi nombre para designarme personalidad destacada de Oberá en el Bicentenario, y Rindfleisch me tachó por verme como a una persona no grata».

Oberá perdió algo de lo que podía estar orgullosa. Un centro científico en el que se fabricaba un suero que salvó cientos de vidas. ¿Qué pasará con alguien que hoy sea mordido por una yarará en Oberá? Dios tendrá la respuesta en un lugar en el que cada día se depende más de él. Y un destino turístico de primera magnitud en una ciudad en el que todos los días se bate el parche con que se la pretende turística.

Por desidia. La desidia es actuar con desinterés, con negligencia. Es perder lo que se dejó perder. Es cuándo una sociedad no recibe la necesaria educación y entonces tiene muy mal sus prioridades. Lo superficial se hace importante y lo importante se hace superficial. Entonces, no se valora lo valorable. Algo hermoso se escurre de entre los dedos ante la mirada cómplice de un pueblo ganado por la quietud. Sucesivamente, la injusticia saca patente de cosa «normal».

Víctor Hugo, aquél de «Los miserables» escribió alguna vez que «no hay nada más poderoso que una idea a la que le llegó su tiempo».

Alza su copa la desidia para brindar alegre.

Le llegó su tiempo…


Walter Anestiades para www.misionescuatro.com

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