Escritoras que corren las fronteras del cuento

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No es una cuestión de género. Simplemente, a medida que escriben abren territorios nuevos en el relato breve. A primera vista no tienen rasgos en común, ni forman parte de un grupo literario, tampoco se valen de los mismos recursos. Resulta casi imposible alinearlas dentro de una categoría regional, personal, estilística. Incluso, algunas de ellas podrían asumir esa extraña condición de los artistas que nacen y terminan en sí mismos. Son jóvenes y latinoamericanas: en esos adjetivos parecen agotarse las coincidencias. Algo de esa rotunda incapacidad de clasificarlas invade sus textos y los convoca en una reunión alborotada. En ellos, el lenguaje, más que unidad, resulta movimiento.

A esta altura ya no es un secreto: el cuento es el género de la experimentación por excelencia en América latina. Podríamos hablar de escritoras extraordinarias como Silvina Ocampo, Hebe Uhart, Clarice Lispector, Sylvia Iparraguirre o Liliana Heker, sólo que resultaban excepciones en un mundo eminentemente masculino. Esa proporción parece haberse invertido. Desde hace unos años las voces femeninas llevan ventaja, ganan concursos, premios literarios, lectores y reconocimiento de la crítica.

Domesticar lo siniestro

Puede decirse sin exagerar que los cuentos de Samanta Schweblin son mecanismos de relojería que, en lugar de marcar el tiempo, descubren los mundos que pueden ocultarse en sus pliegues. En Siete casas vacías, su tercer libro de cuentos publicado por Páginas de Espuma y ganador del Premio Rivera del Duero, lo siniestro crece en el fondo de una zanja, en un patio o en los pasillos urbanos que alargan el escape de unas mujeres.

«Cuando me preguntan si hay un nuevo movimiento literario o algo nuevo que nos marque como generación, yo siempre caigo en la tentación de decir que sí, pero me pregunto si no será más una esperanza que una realidad. Nos gusta decir, por ejemplo, que somos una generación que no se identifica con temas, géneros ni formas, sino que cada uno tiene una voz original y personal, pero eso es algo que todas las generaciones deben querer pensar de sí mismas», dice la escritora argentina radicada en Berlín, que acaba de ser incluida en la lista corta para recibir el Premio Man Booker por su nouvelle Distancia de rescate (Random House).

¿Es posible, entonces, hablar de una forma nueva del relato breve en América latina? «Se puede hablar de un cierto retorno a las formas clásicas del cuento, pero en el que esas formas se utilizan para explorar los márgenes de la realidad y romperla en pedazos (y romper es siempre una forma de renovar) -dice Vera Giaconi, la escritora uruguaya que acaba de publicar su segundo libro de cuentos, Seres queridos(Anagrama)-. Hay una crudeza, una honestidad y una claridad para visitar ciertos temas que es muy potente en lo que están escribiendo especialmente las mujeres. Y eso hace que incluso el tema o la historia más doméstica resulte perturbadora, y que se convierta en una muestra, en una crítica política y en una forma de resistencia a lo que está ocurriendo en estas sociedades y en el mundo».

En «Bienaventurados», uno de los cuentos que integran ese libro, Giaconi escribe: «Podía ver cómo las palabras cobraban un significado nuevo que a veces la dejaba confundida». La frase habla de una mujer y, a la vez, explica la sensación que aparece después de leerla: su prosa es nítida, le alcanza una imagen para condensar la experiencia de la vida contemporánea. Mientras la tecnología interviene en las escenas de sus cuentos de manera decisiva, la vulnerabilidad del ser humano estalla frente al lector como una bomba. En esa tensión libera la respiración de la intimidad, que todavía persiste en el ruido del mundo contemporáneo.

«Creo que, en perspectiva, quizá lo que al final termine marcándonos como generación sea la inmediatez con la que nos leemos entre nosotros: lo rápido que nos leemos y lo rápido que transpiramos esas lecturas en nuestras propias escrituras. Quizá somos una generación cuya mayor influencia sea nuestra misma generación. No siento que leer a mis contemporáneos me haya influenciado en formas, voces o líneas literarias, pero sí -y mucho-, en la intuición de qué se debería contar a continuación, en que es necesario pensar desde la literatura. Ahí es donde siento que nos hacemos eco unos a otros, es algo vital que se lee entre libros», dice Schweblin.

Y de algún modo hace evidente lo que la obra de estas escritoras contemporáneas revela: una mirada obstinada sobre el presente como si se tratara de un misterio voraz. Es un presente extraño, oculto en las convenciones, los lugares comunes, la velocidad diaria, la tecnología, lo políticamente correcto. Una y otra vez, las formas varían, los temas no.

Así, lo primero que llama la atención en los cuentos de Paulina Flores es la habilidad para mostrar el centro de un conflicto sin siquiera nombrarlo. La autora chilena ganó el Premio Roberto Bolaño por «Qué vergüenza», el primero de los cuentos que integran el libro del mismo nombre editado por Seix Barral. En sus relatos apela a la extrañeza de la experiencia, a la pausa en un mundo cada vez más veloz. Esa economía narrativa aparece también en Los arreglos (Rosa Iceberg), de Marina Yuszczuk. Los cuentos giran alrededor de una mujer que muestra el proceso de una casa con grietas, goteras, ratas, pesadillas. Deshabitada y repleta. Camina, viaja en colectivo, conversa, escribe, duerme a su hijo. Sola y pensando el mundo. La mujer vive en esa incertidumbre de nombrarse. No busca un sustantivo, sino verbos. Podría decirse que la escritora argentina no intenta diseccionar la intimidad, es más sencilla, la deja estar, se detiene a un lado, la domestica.

Algo de esa naturalidad se vuelve inquietante en las historias de Margarita García Robayo; en el realismo de los cuerpos, sus personajes encarnan el síntoma de los conflictos sociales actuales. «Es innegable que soy parte de un tiempo, de una época, y eso lo comparto con otros autores contemporáneos. Es lo que llaman en el oficio del escritor «dar cuenta de tu tiempo». Lo contemporáneo es esencial en lo que escribo; y, al no vivir en mi país y no tener contacto genuino con una geografía propia, el tiempo que transito es el ancla que me permite escribir lo que escribo. Es en el tiempo donde reconozco mi pertenencia», explica la cuentista y novelista colombiana, radicada en Buenos Aires desde hace años, que ganó el Premio Casa de las Américas por los cuentos de Cosas peores (Seix Barral).

Si fuera posible usar un sólo adjetivo para su escritura, sería filosa. La autora de, entre otras obras, la novela Lo que no aprendí (Planeta) y la serie de relatos de Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza (Planeta), marca algunas afinidades: «Quizás, el elemento común más evidente entre las autoras contemporáneas sea la necesidad de ocuparnos de los traumas que padecemos como sociedad, de ver nuestra época como un estado mental más que como un momento en el que suceden cosas».

El infierno en la esquina

Es bastante inusual que el terror se permita hablar de temas sociales. Tal vez por eso los cuentos de Mariana Enríquez circulan sin parar entre lectores de todo el mundo. Cercanos, familiares, siniestros, sus relatos avanzan en un tono natural y, sin mediar transición, el horror irrumpe en la cotidianidad. El espanto que ya se insinuaba en las historias de Los peligros de fumar en la cama, su primer libro de cuentos reeditado este año por Anagrama, se vuelve una cualidad fantástica de la vida contemporánea en Las cosas que perdimos en el fuego, publicado por la misma editorial. El infierno se agazapa entre las mantas de un chico que vive en las calles del barrio de Constitución, en el fondo del Riachuelo o en una compañera de escuela tóxica y bestial. Los ojos que miran desde las infancias de esta autora resultan inquietantes, vulnerables, macabros. La niñez se aleja de la inocencia y, por momentos, recuerda a los niños de Silvina Ocampo. Y cada conflicto social -violencia doméstica, contaminación, marginalidad, machismo- encuentra su respuesta en un giro demencial.

No es casualidad que Enríquez se considere una escritora multitradiciones: «El fantástico inglés más reciente, el terror en general, el gótico sureño de Estados Unidos, argentinos como Arlt, Puig, Silvina Ocampo, Cortázar o latinos como Donoso, Onetti, Reynoso. Y la poesía desde Rimbaud hasta Edna St. Vincent Millay. Pero también la música, la novela gráfica, las culturas juveniles. Creo que un escritor de mi generación ya no se inscribe en una tradición determinada sino en varias», dice.

Es curioso que, en esa intersección, improbable y ambigua, también se agazapa Antes del encuentro feroz (Alción), el primer libro de cuentos de Agustina María Bazterrica. Bajo una apariencia convencional, en sus relatos lo experimental rasguña y muerde. No es casual la imagen caníbal para hablar de sus personajes, que parecen conscientes de la tragedia inminente, esperan y, al mismo tiempo, desean salvajemente: un plato de comida gourmet, un asesinato en serie, tapar el hueco del techo, un aborto.

Lejos de una afirmación drástica que marque un territorio común, para Enríquez es esencial la diversidad de voces. «Es para destacar lo diferentes que somos: Margarita García Robayo escribe esos cuentos filosos, realistas sobre vínculos y frustraciones; Samanta Schweblin hace un fantástico loco pero preocupado por la forma; Paulina Flores es muy chica y piensa en la clase media baja de Santiago… Yo agregaría a Alejandra Costamagna, Liliana Colanzi, Vera Giaconi, todas muy diferentes, pero con algo en común: ninguna es condescendiente; todas eligen temas riesgosos, atrevidos, sombríos».

Hay que decirlo de una vez: las escritoras latinoamericanas de hoy contradicen el hábito de asimilar un movimiento a las características comunes de sus integrantes. Son sus diferencias las que quiebran la realidad y revelan el otro lado. En definitiva, no importa si las historias que cuentan son de terror, fantásticas, realistas o íntimas, lo verdaderamente interesante es que sus cuentos resultan una experiencia imprudente por descubrir esos otros mundos que habitan en éste.

Nota extraída de La Nación / vm.

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