La cazadora de monstruos a quien debemos ‘La maldición de Hill House’

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El estreno y notable éxito de ‘La maldición de Hill House’ en Netflix está consiguiendo que la obra de Shirley Jackson, se celebre como un hito de la literatura moderna.

El terror es tradicionalmente un género asediado por convenciones acumuladas de la masculinidad desde siempre. Las narrativas escritas y protagonizadas por hombres en el cine, son un desprendimiento lógico del Boy’s Club que es la ficción y la literatura de horror. Pero en la era del NiUnaMenos y #MeToo, atravesamos un ajuste temático a otros arcos argumentales femeninos/istas que igualan la balanza de género.

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Desde The Handmaid’s Tale de la colosal Margaret Atwood hasta la versión girl power de House of Cards, el ecosistema del streaming se aggiorna y productores y plataformas viran hacia otros clásicos con posibilidad de ser igualmente redituables de manos femeninas. Es ahí donde La Maldición de Hill House, el nuevo acierto de Netflix, encontró su nicho.

Es que The Haunting of Hill House es una de las obras más populares de Shirley Jackson, la Madre literaria de Stephen King y punta de lanza de la literatura de terror moderna. Publicada en 1959, La maldición de Hill House es un trip paranormal gótico clásico que sigue a grupo de investigadores en su paso por un leviatán maldito de casa habitada por espíritus.

La adaptación de Netflix es mega liberal y se desvía (muchísimo) del camino que tendió Jackson Es que el realizador Mike Flanagan decidió no adaptar puntillosamente la obra original, sino que hace una bajada espiritual del feeling de la obra sin tomar los tropos originales de Jackson. De hecho, la historia de Netflix sigue por dos décadas a una familia maldita en la casa de la colina embrujada y construye, entre saltos temporales, la tragedia de la familia Crane. Pero eso no quiere decir que no adapte otros aspectos de Jackson (como su propia vida).

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El éxito trascendental de la serie se debe en gran parte al material de origen. Jackson hilvanó un retrato sobrenatural de verosimilitud única, una experiencia extrasensorial perturbadora que, con maestría sutil, desdibuja la línea entre realidad y ficción. De hecho, es que lo horrible no irrumpe en lo doméstico, sino que se derrama con tanta normalidad en el relato que no existe diferencias entre lo cotidiano y lo sobrenatural. Ambos son lo mismo para Jackson que, en sus relatos, lo paranormal, el caos y la perversión tienen un baño de cotidianeidad que es impresionantemente efectivo.

La tremenda habilidad para intercalarlos nació de su propia aplastante cotidianeidad. Shirley Jackson nació hace 100 años, en 1919 y su vida doméstica estaba plagada de los fantasmas del mandato social que pulula en sus novelas. De hecho, en sus propias palabras: “Soy una escritora que, por una serie de errores de juicio propios de la ingenuidad y la ignorancia, se ve sumida en una familia con cuatro hijos y un marido, en una casa de dieciocho habitaciones, sin tener ninguna ayuda, con dos gran daneses y cuatro gatos y (si ha sobrevivido hasta hoy) un hámster.” Ouch.

No es para menos que describiera su vida de esa forma. El terror íntimo, doméstico, claustrofóbico es algo que habitaba en su propios vínculos con su madre primero y su esposo después. Según explicó ella misma, su madre Geraldine estaba bastante desencantada con su nacimiento, a pocos meses de casarse con Leslie Jackson puesto que ella esperaba «pasar tiempo con su apuesto marido«.

No ayudó la su fascinación por la lectura y la literatura que su madre jamás aprobó… Shirley era una niña rara y fea que pasaba demasiado tiempo escribiendo -algo que su madre detestaba. No es sorpresa que, en el ostracismo al que la condenaron los niños por el atrevimiento de ser diferente, se arrojara a placeres raros. Sus biógrafos coinciden en que Jackson sabía leer, el tarot y que le divertía usar su ouija para comunicarse con los muertos. Se rumorea, además, que sabía vudú y que usaba amuletos wicca.

El tiempo la suavizó, sobretodo después de hallar su ancla creativa en la Universidad de Siracusa. Pero el dolor no amainó del todo. Shirley -traumada e insegura por no encajar con los cánones de belleza, limitada socialmente por sus inquietudes que la separaba de los otros niños y jóvenes- se casó rápidamente con el crítico literario y profesor universitario Stanley Edgar Hyman… Que, según los biógrafos de la autora, era un adúltero compulsivo, un controlador que obligaba a Jackson doblegar sus finanzas a sus necesidades, y un patriarca que obligó a Shirley a la crianza de su prole de cuatro hijos y la confinó a la vida doméstica.

Amaba a sus hijos con pasión pero eso no quiere decir que no cuestionara la imposición de la maternidad o de los roles sociales que forzaban a las mujeres a relegar sus carreras. De hecho -queremos creer que cariñosamente- Vida entre los Salvajes es un anecdotario terrible de Laurence, Joanne, Sarah y Barry (en palabras de la propia Jackson, es una memoria irrespetuosa para mis hijos”). No cantaba nanas: las canciones de cuna de Shirley hablaban de mujeres asesinadas a puñaladas con cuchillos de maíz.

La opresión del ambiente se coló en sus historias y, entre el sarcasmo, la parodia, y la desesperación, manifestó la dolencia de la reclusión en un centenar de relatos, seis novelas y multitud de ensayos. La fantasmagoría no era más que una herramienta narrativa que sirvió como metáfora para hablar de la opresión del ama de casa norteamericana. 

El grito de auxilio, la necesidad de ventilar lo absurdo de las exigencia sociales, y la vulnerabilidad emocional se manifestaron en parábolas antisociales -como en la eximia La Lotería– y en el terror gótico y absolutamente verosímil de La Maldición de Hill House o la increíble Siempre hemos vivido en el castillo.

De hecho, hasta podríamos decir que toda novela de Shirley tiene al menos un componente autobiográfico. Como ella, sus personajes femeninos son complejos, profundos, constituyen ese reino de lo místico, de lo no dicho. Sin concesiones, construye personajes impresionantes… Algo que seguramente consiguió al mantener varios diarios íntimos que relataban los mismos sucesos del día en distintas voces, una especie de esquizofrenia controlada que nos regaló increíbles personajes como Merricat, de Siempre hemos vivido en el castillo.

Son estos fantasmas que habitan en las historias de Jackson los que también se replican en su vida privada: desde los mandatos familiares y el legado de nuestros padres que no podemos desprendernos, hasta los vínculos y las responsabilidades que no queremos y la imposibilidad de eliminarlos son los traumas que controlaron la vida de Shirley y que se colaron -de manera bastante literal- en su obra. El espectro, en la obra de la autora, está siempre construido desde la subjetividad, el pasado torturante, y los ecos de las culpas y angustias.

No debería sorprendernos que esos demonios hayan arrojado a Jackson al abuso de alcohol, la comida, el tabaco, los tranquilizantes, las anfetaminas y los barbitúricos. Desarrolló una agorafobia galopante que se sumó al encierro impuesto (que, sin dudas, explica por qué las casas son entes vivos y arrolladores en sus relatos).

Falleció a sus 48 años, después de haber pasado un año entero sin salir de su casa con un cuadro de ansiedad generalizada. Los rumores de que practicaba brujería sólo se dramatizaron con las noticias de su muerte, que predijo en la última carta que envió a Carl Brandt diciendo “estoy a punto de emprender un viaje maravilloso”.

Los paralelismos entre autor y obra se llevaron a nuevos horizontes con los componentes familiares de La Maldición de Hill House en Netflix. Es que todos los Crane adultos recopilan los síntomas de Jackson: Luke es un adicto a la heroína, Nelly sufre de terrores nocturnos severos, Theo está imposibilitada a tocar a otros, Steven tiene un matrimonio fallido, Shirley es la guardiana del secreto.

Resta ver qué sucederá con la serie, pero una cosa es segura: el regreso de los ecos del pasado que agobia a la familia Crane es más que una adaptación de la novela. Es un fiel reflejo de su la Shirley Jackson que luchó contra sus demonios y nos legó las historias más aterradoras que demuestran que los fantasmas viven en nosotros.


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