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Manuel Puig en una mirada íntima, emotiva y novedosa

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Carlos Balmaceda en “Contigo a la distancia” vuelve novela “Puig en los diarios de Carmencita”, y ofrece una perspectiva nueva, íntima, del autor de “La traición de Rita Hayworth”.

Manuel Puig en una mirada íntima, emotiva y novedosa

En esas tarde de cine de la infancia que fueron la gran formación narrativa para el escritor Manuel Puig se hizo amigo de Carmen Aguirre. Se sentían los raros del pueblo. Fue una amistad que perduró a través de los años y las distancias. Carlos Balmaceda en “Contigo a la distancia” (Planeta) vuelve novela “Puig en los diarios de Carmencita”, y ofrece una perspectiva nueva, íntima, del autor de “La traición de Rita Hayworth”. Balmaceda, “un marplatense internacional”, según una muestra reciente de homenaje a su obra, ha publicado, entre otras, “La plegaria del vidente”, llevada al cine, “El evangelio de Evita” y “Manual del caníbal”. Dialogamos con él.¿Cuánto hay de real en su historia de la amistad entre un escritor famoso y una mujer del pueblo de General Villegas, donde ambos nacieron?

Me interesa lo que hace la ficción con la realidad, qué le pasa a la realidad con la ficción. Me gusta ver las tensiones y las crisis que se producen entre la historia y la fantasía, la biografía y la imaginación, como en este caso. Cuando conocí a Carmencita así llamaba Manuel Puig a Carmen Acuña- hace 18 años le dije: “ah, sos de Villegas, del pueblo de Puig”. “Sí, del de Antonio Carrizo, me contestó”. Los dos íconos del pueblo. Su amistad con Puig la descubrí más adelante; en principio, lo que me cautivó de Carmencita fue que había tenido una vida azarosa, hasta cierto punto novelística. En la medida en que me abre su correspondencia con Puig, sus diarios personales, me descubrió un Puig distinto, su mirada no es la tradicional. Lo mucho que se ha publicado sobre él parecía no haber dejado nada sin saber. Sin embargo, esa chica que se hizo amiga de Puig en el cine de Villegas, cuando él tenía 8 años y ella 14, me habla de una persona apasionada que hacía del afecto la forma de sobreponerse a la adversidad.

Pero Carmen Aguirre además trabajó con Eva Perón.

Un día me dijo que en los años 40, cuando trabajaba en Acción Social, iba a un balneario en Punta Lara donde la había conocido. Yo había escrito “El evangelio de Evita” y me interesó saber más. Me mostró una foto del diario La Razón donde están las dos rodeadas de un grupo de chicos. Y me dio una versión de compañeras de trabajo. Evita, como Puig, escaparon de un pueblito de la provincia y marcharon a su realización, construyendo una marca personal. Carmencita me preguntaba si iba a escribir algo de lo que me contaba, no pude hacerlo hasta que ella murió, en 2013. Lo primero fue una nota en un diario donde conté su derrotero con Puig. Ahí la descubrí como personaje. La relación con Carmencita, esa mujer de Coronel Vallejos, como llamaba Puig a su pueblo, su amiguita, está atravesada por el cariño, la compasión, y se contrapone con ese lado oscuro del novelista de “The Buenos Aires affair”, del que se ha escrito ya mucho.

¿Por qué ese encuentro lo hizo reflexionar sobre la sensibilidad artística?

Había entre esos dos un contraste notable. Para Puig el arte era la realidad, descubrió como pocos el impacto que los medios de comunicación iban teniendo en la formación de la identidad de las personas y en los criterios de la realidad. Vio con muchísima anticipación eso que hoy se denomina “posverdad”; que no hay una realidad sin puntos de vista atravesados por emociones. Que nuestra forma de interpretar los hechos puede ser caprichosa, cambiante, o sostenida contra viento y marea. Para Carmencita la realidad era una y el arte estaba para explicar circunstancias de la realidad, ofrecer otra mirada, detenerse en detalles, es una dimensión emocional de la vida a la que se puede tener acceso y disfrutar. Latía en los dos la idea de que el arte nos puede cambiar la vida.

Puig es hoy autor de referencia para muchos escritores de Iberoamérica, es la marca de una vanguardia argentina.

La crítica en su época lo ninguneaba, decía que no era un escritor sino un autor de folletines. Vargas Llosa, tras compartir con él una velada, dijo que le pareció alguien que se interesaba por el cine y se aburría hablando de literatura. Y eso tenía que ver con el Puig que había descubierto y contado el modo en que los medios de comunicación modifican la forma de ser y de pensar de la gente. Para Ricardo Piglia, Puig, con Walsh y Saer, es el constructor de una de las tres vanguardias de la segunda mitad del siglo veinte en nuestra literatura. A Carmencita, ávida lectora, fue por su interés por lo artístico que podía conectarse con Puig. Una sensibilidad común. El conocerse temprano les permitió aceptarse sin máscaras. Creo que eso enriqueció en algún aspecto a Puig. Tempranamente reconoce su identidad sexual, la hace pública, la sostiene, la convierte en militancia, eso le costó sinsabores y soledad. En “Contigo a la distancia” busqué señalar tanto la distancia entre esas dos personalidades muy distintas, como la distancia espacial que no impide sino que sostiene un diálogo epistolar que perdura hasta la muerte. Con esta historia tuve dudas, no supe si ir por el lado de una crónica, por una obra de teatro, si por un guión de cine, finalmente me ganó la más intensa de mis pasiones, la novela.

¿En que está ahora?

En una adaptación para cine de “Contigo a la distancia”. Toda mi energía creativa está en desarrollar esta historia en una versión teatral y cinematográfica.Fuente: Ámbito / vm.

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